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Fabulada

Amistad y bondadEspañol de México

Perdón en la alberca

Diego quería saltar a la alberca con su amigo Beto, pero Beto no quería mirarlo.

Todo había pasado hacía un momento. Diego había corrido con su pelota roja, y la pelota había pegado en el castillo de arena de Beto. El castillo se había caído, y las torres también.

—¡Mi castillo! —dijo Beto, y se fue a sentar solo, junto a la escalera de la alberca.

Diego se quedó quieto. Tenía las manos pegajosas y la panza apretada.

Primero fue a decir:

—Fue sin querer.

Beto no contestó.

Entonces Diego probó otra cosa. Le llevó su pelota roja.

—Ten. Es tuya.

Beto se cruzó de brazos. La pelota rodó hasta el agua. Plop.

Diego miró el castillo caído. Estaba hecho un montón de arena mojada, con la puerta de caracol todavía en su lugar. Se le ocurrió una idea.

Se arrodilló y empezó a juntar arena con las dos manos. Una torre chiquita le salió chueca, como un sombrero doblado. Se le cayó. Otra vez. Se le cayó. Otra vez.

Beto levantó la cabeza.

—Así no se hace —dijo.

—¿Cómo se hace? —preguntó Diego.

—Con la arena más mojada. Ven, te enseño.

Beto se acercó y le dio un poco de agua con su cubeta. Diego respiró hondo.

—Perdón, Beto. Tiré tu castillo. Me dio tristeza verte enojado.

Beto miró la torre chueca y casi se rio.

—Está bien. Pero esa torre parece un sombrero.

—¡Un sombrero! —dijo Diego.

Los dos se rieron. Juntos levantaron la torre, y esta vez se quedó parada. Beto le puso encima una piedrita brillante.

Desde la alberca, la pelota roja subía y bajaba sobre el agua, plop, plop, y el sol calentaba las dos espaldas mojadas.