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Fabulada

Imaginación y fantasíaEspañol (Colombia)

Cobijas en el reino

Luciana quería llegar hasta la cima de la montaña de cobijas, porque desde allí se veía todo su reino.

El reino estaba en la sala. Tenía montañas de cobijas, un río de bufanda azul y un castillo hecho con tres almohadas. Luciana era la reina, y en este reino nadie se sorprendía de que la lámpara fuera el sol.

—Hoy subo a la cima —dijo.

Puso un pie en la montaña. La cobija se arrugó y Luciana resbaló hasta abajo. ¡Fump!

—Otra vez —dijo.

Subió con las manos y las rodillas. Cuando casi llegaba, la cobija se corrió y volvió a bajarla. ¡Fump!

Rufo, el gato, la miraba desde el castillo. No estaba ahí para ayudar. Estaba ahí porque las almohadas eran tibias y a él le gustaba dormir en ellas.

—No me mires así, Rufo —dijo Luciana—. Esta montaña se mueve.

Lo intentó una vez más, más rápido. ¡Fump! Y otra vez, más despacio. ¡Fump!

Luciana se sentó en el piso y miró la montaña. Entonces notó algo. Cada vez que ella subía, la cobija se deslizaba sobre el piso liso, como un trineo.

—Ya sé —dijo—. ¡Hace falta algo que agarre!

Corrió por sus tenis, los de suela con rayitas, y se los puso. Luego pisó la montaña con cuidado. La suela se agarró a la cobija. Un paso. Otro paso. La montaña no se movió.

Rufo abrió un ojo.

Luciana subió, subió y subió, hasta que no había más montaña para subir. Se paró en la cima, con los brazos abiertos. Desde allí vio el río azul, el castillo y la lámpara que brillaba como un sol.

—¡Este reino es mío! —gritó.

Rufo bostezó, se estiró y caminó hasta la cima. Se acostó en las rodillas de la reina, y empezó a ronronear. Luciana sintió el ronroneo tibio, y la montaña quieta bajo sus tenis.