Imaginación y fantasíaEspañol de España
Reino de mantas
Había un reino hecho de mantas en el cuarto de Emma. Las paredes eran mantas colgadas de las sillas, y el suelo era una alfombra de lana.
Emma era la reina, y lo que más quería era una torre bien alta para mirar desde arriba.
—Una torre —dijo—. Hasta el techo.
Apiló tres cojines. Puso encima la manta amarilla. Pero la manta se dobló, y la torre se cayó. ¡Plof!
Emma lo intentó otra vez. Esta vez usó la manta de rayas, que era más gruesa. La torre llegó un poco más arriba y se cayó igual. ¡Plof!
—Torre, torre, ¡sube y no te caigas! —dijo Emma, y se sentó a pensar.
Entonces oyó un ruido debajo de la manta verde, un ronroneo pequeño, y la manta empezó a moverse sola. Salió Bigotes, el gato, estirando las patas. Se había dormido allí, calentito, porque aquel era su rincón favorito.
—Bigotes, ¡que casi te aplasta la torre!
Bigotes bostezó. Subió despacio al respaldo de la silla más alta, dio dos vueltas y se echó, como si dijera: «Aquí estoy muy bien, gracias».
Emma lo miró. La silla era firme. La silla no se doblaba.
—¡Claro! —dijo—. La torre no tiene que ser de cojines.
Tiró de la manta amarilla hasta lo más alto de la silla y la sujetó con dos pinzas de la ropa. Luego subió con cuidado, un escalón de libros, otro escalón de libros, y se asomó por encima.
Desde arriba, el reino parecía un mar de colores: rayas, cuadros, lunares. Y justo en medio, Bigotes, con su cola larga colgando como una bandera.
—Torre, torre, ¡sube y no te caigas! —susurró Emma.
La torre no se cayó. Bigotes cerró los ojos, y su ronroneo llenó todo el reino, suave como una manta más.