Imaginación y fantasíaEspañol de México
Itzel y el Reino de Cobijas
Itzel quería un reino con una torre bien alta, y la quería antes de que su mamá apagara la luz.
Juntó todas las cobijas de la casa: la de rayas, la de borregos y la amarilla que picaba un poquito. Las puso sobre las sillas, sobre el sillón y sobre la escoba, que hacía de mástil.
Pero la torre se cayó. ¡Fuuum! Las cobijas se hicieron un montón.
—Otra vez —dijo Itzel.
La levantó de nuevo, más ancha abajo. Se cayó de nuevo.
Su gato Tamal pasaba por ahí con mucha prisa. Él solo buscaba un lugar tibio para dormir, y le daba igual si era un reino o un montón. Se metió debajo de las cobijas caídas y se hizo una bolita.
—Tamal, no te acomodes ahí. Estoy construyendo.
Tamal cerró los ojos.
Itzel se sentó junto al bulto y lo miró. Las cobijas no se habían caído por tontas. Se habían caído porque nada las sujetaba arriba. Y debajo de Tamal, el montón se veía firme como una colina.
—Una colina —susurró Itzel—. ¡Eso es!
Esta vez no hizo una torre. Hizo una colina con las cobijas más pesadas y, encima, la torre chiquita: la de rayas, doblada y doblada, hasta quedar gordita. Después la amarilla encima, como una bandera.
La torre no se cayó.
Itzel se asomó por la puerta del reino y dijo con voz de reina:
—Reino de Cobijas, ya está listo.
Entonces llegó su mamá con el vaso de agua.
—¿Se puede pasar, majestad?
—Sí. Pero con cuidado.
Mamá se agachó y entró. Itzel se acostó entre las cobijas, y Tamal ronroneó, rrrrr, rrrrr, justo en sus pies. La luz se apagó. Arriba, la bandera amarilla se quedó quietecita, y todo el reino olía a calor y a sueño.