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Fabulada

Imaginación y fantasíaEspañol de España

Una estrella en el patio

Lucía quería devolver la estrella al cielo antes de que su abuela encendiera las velas de la cena.

Había caído con un ¡plin! entre las macetas. Era pequeña, del tamaño de una manzana, y brillaba como una linterna. Pero tenía una punta torcida y no podía subir sola.

—Tranquila —dijo Lucía—. Yo te llevo.

Primero la subió a la mesa del patio. La estrella tembló y se apagó un poquito.

—Más alto —susurró.

Lucía trajo la escalera y subió con la estrella en las manos. Se estiró, se estiró… y nada. El cielo seguía igual de lejos.

—Más alto —repitió la estrella.

Entonces Lucía probó otra cosa. Ató la estrella a un globo rojo que tenía guardado. El globo subió un poco, un poco más, y luego se quedó quieto, bailando sobre el tejado.

—Más alto —dijo la estrella, con voz chiquita.

Lucía se sentó en el suelo, cansada. Alrededor, las luciérnagas encendían y apagaban sus lucecitas. Una se posó en la nariz de Lucía. Le hizo cosquillas y ella se rio.

Y entonces se fijó. Cuando una luciérnaga brillaba, las otras brillaban también, todas a la vez, ¡pum, pum, pum!

—¡Ya sé! —dijo Lucía—. Tú no necesitas subir. Necesitas que te contesten.

Bajó el globo y puso la estrella en la rama más alta del limonero. Después la tocó muy suave en la punta torcida.

La estrella brilló fuerte, una vez, dos veces. Y allá arriba, muy lejos, otra estrella contestó. Y luego otra, y otra.

Del cielo bajó un hilo de luz, fino como una cuerda de lana. La estrella se agarró a él y subió despacio, despacio, hasta ser un puntito más entre los puntitos.

—¡Lucía! —llamó la abuela desde la cocina—. ¡A cenar!

Lucía se quedó un momento mirando. Las luciérnagas seguían encendiéndose, y en el limonero todavía olía a luz tibia.