Imaginación y fantasíaEspañol (Uruguay)
El reino de frazadas
Detrás del sillón, Martina encontró una frazada que tarareaba.
No se asustó. En su casa las frazadas siempre tarareaban cuando hacía frío. Y esa noche hacía muchísimo frío.
—Quiero hacer un reino —dijo Martina—. Con torres y con un techo grande, para dormir adentro con mi hermanito.
Fue al armario. El estante estaba pelado, sin una sola frazada. Fue a buscar la canasta. Estaba vacía.
—Mamá, ¿dónde están las frazadas?
—Las lavé, mi vida. Todavía están mojadas.
Martina suspiró. Solo tenía la frazada del sillón. La tendió sobre dos sillas, y quedó una casita chiquita. Ni siquiera entraba el conejo de peluche.
—Un reino no es una casita —dijo.
Probó con almohadones. Hizo una torre alta, alta como una torta de cumpleaños. Se cayó. ¡Fuf! Los almohadones rodaron por el piso.
Entonces Pelusa, la gata, saltó sobre la frazada del sillón. Se hizo un bollito y empezó a ronronear. Ella solo quería un lugar tibio.
—Pelusa, esa es la única que tengo —dijo Martina.
Pelusa cerró los ojos. La frazada tarareaba y la gata ronroneaba, y las dos sonaban casi igual.
Martina se quedó quieta. Escuchó. Había otro tarareo, más lejos, que venía de afuera.
Corrió a la ventana. En el patio, las frazadas lavadas colgaban de la soga. Se movían con el viento, y tarareaban todas juntas.
—¡Mamá! ¡Están cantando!
—Entonces ya están secas —dijo mamá—. Andá a traerlas.
Martina trajo una, y otra, y otra, hasta que casi no se la veía detrás de la pila. Estaban tibias como pan recién hecho.
Hizo las paredes con las frazadas azules. Hizo el techo con la grande a rayas. Su hermanito entró gateando, con el conejo. Pelusa entró también, y se acomodó en el medio.
Afuera soplaba el viento. Adentro del reino, todas las frazadas tarareaban despacito, y los ronroneos de Pelusa tarareaban con ellas.