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Fabulada

Imaginación y fantasíaEspañol

El reino de las mantas

Diego quería un reino de mantas con un techo tan grande que cupiera toda la sala.

Ya tenía las paredes: sillas con mantas colgadas, una puerta de cojines y una torre de almohadas. Solo faltaba el techo. Y el techo tenía que ser la manta gorda de la abuela, la de lana azul.

—Te prometí un cuarto en mi reino —le dijo a su hermana Lola—. Y tendrás techo.

—Con ventana —dijo Lola, abrazando su conejo.

Diego agarró la manta gorda y tiró. No se movió. Pesaba como un oso dormido. Tiró más fuerte, la subió un poquito y ¡plof!, se cayó al suelo con la manta encima.

—Estoy bien —dijo su voz desde debajo de la lana.

Probó otra cosa. Se subió a una silla y jaló con una cuerda. La cuerda se soltó, y la manta se quedó donde estaba.

En ese momento entró Pelusa, la gata, y se tumbó justo en el medio de la manta. Ella solo quería un sitio calentito. No pensaba ayudar a nadie.

Diego se sentó a mirar. Lola, sin querer, tenía agarrada una esquina mientras buscaba la oreja de su conejo. Y esa esquina se había levantado.

—Lola, no la sueltes —dijo Diego—. Yo agarro la otra punta.

—¿Y Pelusa?

—Pelusa va de pasajera.

Cada uno tomó una punta. Contaron juntos:

—Uno, dos, tres, ¡arriba!

La manta subió despacio, con la gata encima, que abrió un ojo y no se movió. Otra vez:

—Uno, dos, tres, ¡arriba!

La manta cayó sobre las sillas, grande y azul. Un poco de luz se coló por una rendija entre el respaldo y la lana.

—¡Mi ventana! —dijo Lola.

Entraron los dos por la puerta de cojines. Pelusa se deslizó techo abajo, dio tres vueltas y se hizo una bola entre ellos. La rendija dibujó una raya de luz sobre la lana. Y en el reino de mantas solo se oía un ronroneo suave: rrr, rrr, rrr.