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Fabulada

Familia y hogarEspañol de México

El cucharón de la abuela

Itzel quería revolver la sopa ella sola, con el cucharón grande de la abuela.

—Todavía no llegas —dijo la abuela, sonriendo—. Pero ven, súbete al banquito.

Itzel se subió. La olla humeaba y olía a jitomate y a cilantro. El cucharón colgaba de un gancho, muy arriba, junto a la ventana.

Itzel estiró el brazo. Estiró los dedos. Nada.

—Un poquito más —se dijo—. Un poquito más.

Dio un saltito sobre el banquito. El banquito se bamboleó: crac, crac. La abuela fue por el pan e Itzel se quedó quieta, con el corazón en la garganta.

Entonces probó otra cosa. Tomó la escoba que estaba en la esquina y levantó el cucharón por el mango. El cucharón se meció, se meció, y cayó dentro de la olla.

¡Plop! La sopa salpicó la mesa, el piso y hasta la nariz de Itzel.

—¡Ay! —dijo Itzel.

Se limpió la nariz y miró la olla. Ahora el cucharón estaba hundido hasta el fondo, y el mango se asomaba apenas.

Itzel se quedó pensando. Luego vio algo que no había visto: la tapa de la olla tenía una manija larga, igual que el mango de la escoba.

—Ya sé —dijo.

Con mucho cuidado, enganchó el mango del cucharón con la manija de la tapa. Jaló despacito, despacito, y el cucharón salió goteando, caliente y redondo como una luna.

—Ten cuidado, mi niña —dijo la abuela, que volvía con el pan—. Ven, yo te sostengo la mano.

Las dos manos agarraron el cucharón. Itzel revolvió la sopa, una vuelta, dos vueltas, tres. El vapor le calentó la cara.

—Mira —dijo la abuela—. Ya te llegó.

La sopa burbujeaba bajito, blup, blup, y toda la cocina olía a casa.