Familia y hogarEspañol (Colombia)
Las nutrias de la poza clara
Al final del arroyo, donde el agua es tan baja que se cruza descalzo, vivía una familia de nutrias.
La más pequeña se llamaba Valentina. Tenía bigotes largos y una sola cosa en la cabeza: quería abrir ella sola la almeja grande de la merienda. Esa noche, la familia comería las onces en la piedra plana, y Valentina quería ser la que sirviera.
—Hoy me toca a mí —dijo.
—Ayer te tocó a ti —dijo su hermano Nico.
—Ayer fue el caracol. Hoy es la almeja.
Mamá Nutria los miró y se rio por la nariz.
—Tiene razón. Hoy le toca a Valentina.
Nico se encogió de hombros y se sentó a mirar.
Valentina tomó la almeja con las dos patas. Apretó. Tiró. La almeja no se abrió.
—Ñam, ñam, ábrete —dijo.
Nada.
Entonces la golpeó contra el suelo. ¡Plof! Se le resbaló y rodó por la orilla hasta el agua. Nico se tapó la boca para no reírse.
Valentina se sentó y pensó. Papá siempre la abría sobre la piedra plana. ¿Cómo lo hacía? Nadie se acordaba. Su abuela decía que antes había otra forma, pero ya nadie sabía cuál.
Valentina miró la piedra. Tenía un borde con una grieta fina, como una sonrisa pequeña.
Metió el borde de la almeja en la grieta y empujó hacia abajo. Un poquito. Otro poquito.
¡Clac!
La almeja se abrió de golpe, justo como una puerta.
—¡Mira! —gritó Valentina.
Nico se acercó y se asomó.
—Hoy te tocó a ti —dijo—. Mañana me toca a mí.
Se sentaron juntos en la piedra, con la almeja en medio. El arroyo hacía glu, glu, glu entre las piedras. Valentina cerró los ojos y oyó cómo mamá masticaba despacito.