Familia y hogarEspañol
Las nutrias de la cueva del río
El río hacía una curva grande y, justo ahí, bajo las raíces de un sauce, vivía una familia de nutrias.
Valentina era la más pequeña. Esa tarde tenía una sola idea en la cabeza: llevar a casa la piedra lisa y brillante que había visto en la orilla, para ponerla en la mesa de la cena.
—Esperen —dijo—. Voy por mi piedra y vuelvo.
—Rápido, Valentina —dijo mamá—. La marea sube por la tarde, y el agua no espera a nadie.
Valentina corrió hasta la orilla. La piedra estaba en el fondo de un charco, entre algas. Metió la patita. Nada. La piedra resbalaba como un jabón.
—Ven aquí, piedra —dijo—. Ven aquí, piedra.
Probó con las dos manos. La piedra se escapó otra vez, plop, y se hundió un poco más.
Mientras tanto, el agua del río subía despacito. Ya le mojaba las rodillas.
Valentina se sentó a pensar. Entonces vio su sombra en la arena. Iba tarde, como siempre en ese río: se quedaba unos pasos atrás y solo la alcanzaba al mediodía. Nadie lo encontraba raro.
«Mi sombra se queda atrás, pero llega», pensó. «Las cosas lisas también pueden llegar, si no las agarro de golpe».
Se tumbó de espaldas, como le gustaba a su familia, y se puso la piedra en la barriga… no. Primero empujó el charco con la cola, con un chap, chap, chap. El agua se movió, y la piedra rodó despacito hasta la arena.
—¡Ya viniste! —dijo Valentina.
Corrió a casa con la piedra en la barriga, nadando de espaldas. Cuando llegó, papá ya había encendido las velas sobre la mesa de raíces, y la cena estaba lista.
—Llegas tarde —dijo papá, sonriendo—. Pero justo a tiempo.
Valentina puso la piedra en medio de la mesa. La luz de las velas se asomó en ella, y tembló, y se quedó quieta, como una estrella pequeña.
Afuera, el agua subió hasta la puerta y se detuvo, suave, a escuchar.