Familia y hogarEspañol de España
Alma, la nutria
Alma era la única nutria de su familia que no sabía silbar.
Papá silbaba como un pájaro. Mamá silbaba como el viento. Los hermanos silbaban tan fuerte que las ranas se tapaban las orejas. Alma soplaba y soplaba, y solo le salía aire: «fffff».
Cada tarde, cuando el cielo se ponía naranja, mamá silbaba desde el río: «¡Fiu, fiu! A casa venid». Y todos volvían nadando.
Aquella tarde, Alma pensó: «Hoy llamaré yo».
Cogió una caña hueca, la mejor que tenía, y sopló. Sonó un «piii» pequeñito. Pero la caña se partió en dos.
—Vaya —dijo Alma.
Sus hermanos estaban lejos, jugando entre las piedras. Una garza, parada en una pata, miraba el agua muy seria.
—¿Me prestas tu pico? —preguntó Alma.
—No —dijo la garza—. Estoy pescando. Y haz menos ruido.
Alma probó con una concha. Sopló, y la concha solo hizo «glup». Probó con las manos, con la lengua, con los dos dedos en la boca. Salió un chorrito de saliva y se le mojó la barriga.
Alma se sentó en el agua, muy callada. Entonces vio que sus hermanos nadaban hacia las piedras. Ya se hacía tarde.
Enfadada, dio un golpe con la cola sobre el río.
¡Plaf!
El agua saltó muy alto. La garza dio un brinco y casi se cae. Una rana, desde una hoja, contestó: «¡Plaf!».
Alma miró su cola. Volvió a golpear. ¡Plaf, plaf, plaf!
Los hermanos levantaron la cabeza. Papá y mamá también.
—¿Quién llama? —dijo papá.
—¡Es Alma! —gritó un hermano—. ¡Venid, venid!
Volvieron todos nadando, en fila, hasta la orilla. Mamá la abrazó con su pelo mojado. La garza se fue, muy seria, a pescar a otro sitio.
Esa noche durmieron juntos, con las patas cogidas. Y en el río, muy bajito, todavía se oía: plaf… plaf… plaf.