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Fabulada

Familia y hogarEspañol (Argentina)

La pava y la nutria escondida

—Treinta y nueve, cuarenta... ¡Listo o no, ahí voy! —gritó Facundo, y se destapó los ojos.

Facundo era una nutria chiquita, de bigotes duros y patas rápidas. Jugaba a las escondidas con toda su familia en la orilla del río. Quería encontrar a todos antes de la merienda.

Primero encontró a Papá, que estaba metido en un tronco hueco. Después encontró a la abuela, detrás de los juncos. Los juncos son esas plantas altas y flacas que crecen en el agua.

—Faltás vos, Lola —dijo Facundo—. ¿Dónde estás?

Nadie contestó.

Mamá puso la pava sobre el fuego, delante de la casa.

—Hasta que la pava silbe, Facu. Cuando silbe, se termina el juego y viene la merienda.

Facundo corrió a la pileta de piedras. Miró adentro. Solo había agua y una hoja flotando.

—¿Lola, dónde estás?

Miró debajo de los helechos. Miró detrás del bote viejo. Nada. La pava empezó a hacer un ruidito: ssss.

Facundo se sentó en una piedra y se rascó la oreja. Correr y mirar no le servía. Entonces se quedó quieto, quietito, y miró el suelo.

Había huellas mojadas. Eran huellas chiquitas, redondas, sobre las piedras secas. Facundo las siguió, paso a paso, hasta la puerta de la casa. Ahí había un montón de botas de goma. Una de las botas se movía.

—Esta bota tiene hipo —susurró Facundo.

—¡Hip! —dijo la bota.

Facundo metió la mano y sacó una remera mojada, y adentro una nariz mojada también. Era Lola, toda doblada, riéndose sin sonido.

—¡Me encontraste por las patitas! —dijo ella.

Justo en ese momento, la pava silbó: ¡fiiiiiu!

Los cuatro se sentaron en el suelo, uno al lado del otro. Mamá sirvió el agua caliente en las tazas. Salía un vapor blanco, suave como una nube chiquita, y se oía el tintineo de las cucharitas.

Lola todavía tenía hipo. Y cada vez que hacía «hip», la bota de la puerta temblaba un poquito.