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Fabulada

Familia y hogarEspañol de México

Las nutrias de la poza

—Yo llevo la piedra, mamá —dijo Lupe, la nutria más pequeña.

Lupe quería una sola cosa esa tarde. Quería abrir su almeja ella sola, como Papá y como Mamá y como su hermano Beto. Para eso necesitaba una piedra buena, lisa y pesada, que se pusiera sobre la panza.

—Busca bien —dijo Mamá—. Nosotros estamos aquí, en la poza.

Lupe nadó hasta la orilla. Encontró una piedra, pero era tan grande que se hundió con ella. ¡Plop! Salió escupiendo agua.

—Muy grande —dijo.

Encontró otra, pequeñita como un chícharo. La puso sobre la almeja y dio un golpe. Tic. La almeja ni se movió.

—Muy chica —dijo.

Beto pasó nadando de espaldas, con su piedra en la panza.

—Toma la mía —dijo—. Yo ya terminé.

—No —dijo Lupe—. La mía tiene que ser mía.

Se sentó en el lodo y miró alrededor. Ni grande, ni chica. Miró a Papá, que flotaba con la almeja y la piedra. La piedra de Papá era plana, como una galleta. Y tenía una orillita que encajaba justo en la concha.

Lupe se quedó pensando. «No tiene que ser redonda. Tiene que ser plana».

Se zambulló una vez más. Tanteó el fondo con las patitas, hasta que sintió una piedra fresca, lisa y plana, como una galleta.

—¡Ésta! —gritó.

Se acostó de espaldas, con la almeja en la panza y la piedra en las manos. Tic. Tic. Tic. ¡Crac!

La concha se abrió y adentro había algo blanco y brillante.

—¡Lo hice yo! —dijo Lupe.

Mamá, Papá y Beto se acercaron y se acomodaron junto a ella, panza con panza. La poza se quedó quieta. Lupe comió despacito y, en el agua, se oía el tic, tic, tic de las otras piedras que seguían golpeando.