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Fabulada

Familia y hogarEspañol (Uruguay)

Las nutrias del arroyo

Julieta estaba empujando una piedra redonda con la nariz, cuando la piedra rodó cuesta abajo y cayó al agua. Plop.

—¡Mi piedra! —dijo Julieta.

Era su piedra de dormir. Todas las noches la ponía sobre la panza y se dormía con ella, flotando de espaldas en el arroyo, de la mano de mamá y de la mano de papá. Así dormían las nutrias de esa familia: las tres juntas, para que la corriente no se las llevara.

Pero esa noche la piedra no estaba.

—Mañana te buscamos otra —dijo mamá.

—No quiero otra. Quiero esa.

Julieta se zambulló. Miró entre las algas y entre las raíces. Solo encontró un caracol que la miró feo.

—Probá con la nariz, que huele mejor que los ojos —dijo papá.

Julieta olió el barro, olió una hoja, olió un zapato viejo. Nada. Su piedra no olía a nada, y ese era el problema.

Entonces se quedó quieta y escuchó. En el fondo, algo hacía tic, tic, tic. Era una piedra chocando contra otra, movida por la corriente. Sonaba distinto a todas las demás, porque la suya tenía una muesca.

—Vení, mamá. Escuchá.

Nadaron hacia el sonido. Tic, tic, tic. Allí estaba la piedra, atascada entre dos ramas.

Julieta la abrazó con las dos patas.

Esa noche, las tres nutrias se acostaron de espaldas en el agua, de la mano de mamá y de la mano de papá. La piedra subía y bajaba sobre la panza de Julieta. Tic, hacía muy despacito. Tic. Y después ya no hizo nada, porque Julieta dormía, y el arroyo las llevaba todas juntas.