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Fabulada

Primeras vecesEspañol de México

Una chamarra amarilla y un secreto

—¿Y si la escuela no me quiere? —dijo Renata, apretando la correa de su mochila.

Su mamá se rio bajito. Caminaban por el sendero que llevaba a la escuela, el primer día de clases. Renata quería una sola cosa: encontrar un lugar para ella, un lugar donde sentarse y jugar.

Pero al llegar al patio, todos los niños ya estaban juntos. Hacían ruedas, corrían y gritaban. Nadie la miró.

Renata se quedó parada. Tenía puesta su chamarra amarilla, la que tenía un bolsillo grande.

Primero lo intentó con la voz.

—Hola —dijo, muy chiquito.

Nadie la oyó. Un niño pasó corriendo y se perdió entre los demás.

Entonces lo intentó con una sonrisa grande. Sonrió y sonrió. Pero los niños miraban hacia otro lado.

Renata suspiró. Metió la mano en el bolsillo de la chamarra y encontró algo duro y redondo. Era una piedra lisa del río, una que había guardado el verano pasado. Le había quedado en el bolsillo, olvidada.

Renata la miró. Tenía una idea.

Se agachó y, con la piedra, dibujó en el suelo de tierra una rayita. Después otra. Y otra más. Hizo un caracol largo, largo, con una casita en el centro.

—¿Qué haces? —preguntó una voz.

Era una niña con trenzas, que se había acercado sin hacer ruido.

—Un caracol —dijo Renata—. Para saltar.

La niña con trenzas puso un pie en el dibujo. Brincó. ¡Tac! La piedra se le escapó de la mano y rodó, rodó, y fue a parar justo en la casita del caracol.

—¡Cayó en el centro! —gritó la niña.

—¡Cayó en el centro! —repitió Renata, y las dos se rieron.

Poco a poco llegaron más pies al caracol. Uno brincaba, otro esperaba. Alguien dijo: «Ahora yo».

Renata sintió la piedra tibia en su mano. Escuchó los pasos sobre la tierra, uno tras otro, como lluvia chiquita. Y se quedó ahí, en medio del caracol, saltando.