Primeras vecesEspañol de México
Camila y la sopa morada
—¡Camila, ven a probar! —gritó el abuelo desde la cocina.
Camila lo oyó y fue corriendo, con las pantuflas puestas al revés. Tenía hambre. Quería cenar con el abuelo, como todas las noches, sentados juntos en la mesita de la ventana.
Pero en el plato había una sopa morada. Muy morada. Tenía burbujas gordas y algo largo que flotaba.
—Eso no es sopa —dijo Camila—. Es un charco de uvas.
—Es sopa de betabel —dijo el abuelo—. Pruébala.
Camila metió la cuchara. La sacó. La olió. Cerró los ojos y la dejó caer otra vez.
—Mejor no.
—Una sola cucharada —dijo el abuelo, y se fue a buscar el pan.
Camila miró la sopa. La sopa miró a Camila. Una burbuja hizo plop.
Primero probó con la punta de la lengua. Sabía a tierra. «Uy», pensó. Luego se tapó la nariz y tomó una cucharada pequeñita. Tampoco. Se le fue por el lado equivocado y tosió.
—Así no —dijo, y se quedó pensando.
Entonces se fijó en algo. Su cuchara se había teñido de morado, y también la servilleta, y también su dedo. Camila abrió muchos los ojos.
—¡Abuelo! ¡Tengo un dedo de hada!
Mojó el dedo en la sopa y dibujó una estrella en la mesa. Salió morada y brillante. Dibujó una luna. Dibujó un gato con bigotes.
—¡Mira, la sopa pinta! —dijo.
Cuando el abuelo volvió con el pan, el mantel parecía un cielo de noche. Camila tenía el dedo morado y también la barbilla.
—Ahora sí me la como —dijo, muy seria—. Pero con la cuchara de pintar.
Tomó una cucharada grande. La sopa estaba tibia y un poquito dulce, como un abrazo.
—Está rica —dijo, con la boca morada.
El abuelo se rio, y la ventana se llenó de ese ruido. Camila siguió tomando su sopa, cucharada a cucharada, mientras afuera se encendía la primera estrella de verdad.