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Fabulada

Primeras vecesEspañol (Uruguay)

Pulpo en el reloj

Tomás era el único nene de la calle que usaba una olla como sombrero. Se la ponía para desayunar, para jugar y para mirar por la ventana.

Hoy era día de feria. El reloj de la cocina andaba cinco minutos adelantado, como todos los días de feria, y nadie se asombraba.

—Ya es hora de almorzar —dijo la abuela—. Bueno, casi. El reloj miente, pero con cariño.

Puso en la mesa un plato con algo rosado y arrugado. Tenía bracitos enroscados, con botones chiquitos.

—Pulpo —dijo ella—. Sabe a mar. Es lo que más me gusta de la feria.

Tomás quería probarlo. Quería saber a qué sabía el mar, y quería reírse como se reía la abuela.

Pero el pulpo lo miraba con todos sus botones.

Tomás lo olió. Cerró los ojos y levantó el tenedor. Los abrió otra vez, y el bracito seguía ahí.

—No puedo —susurró.

—Tomate el tiempo —dijo la abuela, y se puso a comer. Tenía hambre y no pensaba esperar.

Tomás pensó. Agarró el pan, la servilleta y la jarra, y armó una casita alrededor del plato. Se metió adentro, con la olla y todo.

Ahora el pulpo ya no lo miraba. Solo estaba ahí, quietito.

Tomás espió por un hueco. Vio que un bracito se enroscaba igualito que el fideo de su sopa. Los fideos sí le gustaban.

—Vos sos un fideo con botones —dijo.

Pinchó la punta con el tenedor y se la metió en la boca.

Masticó despacio. Al principio no pasó nada. Después, entre los dientes, sonó un chuic, como un zapato mojado.

Tomás abrió los ojos enormes.

—¡Hizo chuic!

—Siempre hace chuic —dijo la abuela, y se rio.

—Sabe a pileta —dijo Tomás—. A pileta salada.

Tomó otro bracito. Chuic, hizo. En la pared, el reloj marcaba sus cinco minutos de más, tic, tic, tic, y los dos siguieron comiendo.