Primeras vecesEspañol de España
La bola azul que rodaba
Alma era la única niña de la casa que llevaba una cuchara en el bolsillo, por si aparecía algo nuevo para probar.
Aquel mediodía apareció. Su abuelo puso en la mesa un plato con una bola azul, llena de agujeritos y un poco temblona.
—Es una bola de arroz con mora —dijo—. Sabe a verano.
Alma quería probarla. De verdad que quería. Pero la bola temblaba como una gelatina, y parecía mirarla.
—Redonda y azul, ¿adónde vas tú? —susurró, y la pinchó con la cuchara.
¡Plop! La bola saltó del plato y se fue rodando por la mesa. Cayó al suelo. Rodó y rodó hasta el armario de la cocina.
El abuelo, mientras tanto, buscaba la sal. El armario cambiaba los estantes de sitio cada vez que se cerraba, y nadie lo encontraba raro, pero la sal nunca estaba donde la habías dejado.
—Chas, chas —hizo el armario al cerrarse.
La bola salió disparada hacia el rincón.
Alma corrió detrás. Lo intentó con la cuchara, y la bola se escapó. Lo intentó con las dos manos, y se escapó entre los dedos. Al final se sentó en el suelo, con la cara colorada.
—Redonda y azul, ¿adónde vas tú? —suspiró.
La bola se había parado contra la pata de una silla. Estaba quieta, quietísima. Alma la miró de cerca. Se había detenido justo donde algo la tocaba por un lado, sin dejarla girar.
—Ya sé —dijo Alma.
Recogió la bola con cuidado y la llevó al plato. Puso el borde de la cuchara encima y apretó despacio. ¡Ras! La bola quedó en dos mitades, y cada una tenía un lado plano. Se quedaron en el plato sin moverse.
Por dentro eran moradas y brillantes, y olían a fruta caliente.
—Vaya —dijo el abuelo, que por fin había encontrado la sal en el estante de abajo—. Eso sí que no lo había pensado yo.
Alma cogió un trocito con la cuchara. Cerró los ojos y se lo metió en la boca.
Estaba tibio, dulce y un poquito ácido. Algo le hizo cosquillas en la lengua, como un verano pequeño que se deshacía.
—Mmm —dijo Alma.
Y en el rincón, el armario volvió a hacer chas.