Primeras vecesEspañol
El puré morado de Mateo
Mateo oyó que la olla de la abuela hacía blup, blup, y se metió debajo de la mesa.
—¿Qué pasa ahí abajo? —preguntó la abuela.
—Algo suena raro —dijo Mateo—. Y seguro que se ve más raro todavía.
Tenía razón. La abuela sirvió un puré morado con puntitos verdes, y el puré tembló un poquito, como una gelatina. Mateo nunca había comido nada morado, a no ser un helado.
Mateo quería una cosa: sentarse a la mesa y comer lo mismo que la abuela, cucharada por cucharada, como los grandes. Pero aquello parecía un charco de jugo de uvas.
Salió de su escondite y se sentó. Primero olió el plato. Olía a tierra mojada y a mantequilla. No ayudó nada.
—Huele todo lo que quieras —dijo la abuela—. Yo no tengo prisa.
Entonces Mateo lo intentó de otra manera. Cerró los ojos, metió la cuchara, abrió la boca grande y... plaf. El puré le cayó justo en la nariz.
La abuela soltó una carcajada. Encima de la mesa, la lámpara, que brillaba más cada vez que alguien se reía cerca, se puso amarilla como un limón. Mateo también se rió, y la lámpara brilló todavía más.
Con tanta luz, Mateo miró el plato otra vez. El morado ya no parecía un charco. Brillaba como una ciruela. Los puntitos verdes eran hojas de perejil, nada más. Y el puré ya no temblaba. Solo estaba tibio, quieto en su plato.
—Un poquito —se dijo Mateo—. Con la punta de la cuchara.
Pero antes sacó la lengua y se lamió la nariz.
Era dulce. Más dulce que la tierra.
Esta vez abrió los ojos bien grandes. Llenó la cuchara, se la metió en la boca y se quedó muy callado, saboreando.
—Blup —dijo la olla en la estufa, y la abuela sonrió.
Mateo volvió a hundir la cuchara. La lámpara seguía brillando sobre los dos, y en el plato hondo se oyó un clin, clin, clin cada vez más rápido.