Familia y hogarEspañol (Uruguay)
Orejita en el altillo
Benjamín era el único chico de la granja con un conejo de trapo que tenía una sola oreja.
Se llamaba Orejita, y Benjamín lo quería mucho. Pero ese día había una hermanita nueva en la casa. Se llamaba Nina, era chiquita como un pan y lloraba, lloraba, lloraba.
—Quiero que pare —dijo Benjamín—. A mí Orejita me calma siempre. Se lo voy a prestar.
Corrió al granero, al altillo lleno de paja suelta. Ahí lo había dejado ayer. Pero Orejita no estaba en la paja. Colgaba de un clavo, muy arriba, enganchado por su única oreja.
En la viga había un cuervo. Tenía en el pico la cuchara de plata de Benjamín. En esa granja los cuervos piden prestada una cosa brillante y siempre devuelven otra distinta. Nadie se asombra.
—Cuervo, ayudame —dijo Benjamín.
—Croac —dijo el cuervo, y se quedó con su cuchara. Tenía sus propios asuntos.
Benjamín estiró el brazo. No llegaba. Probó con la escoba. Tampoco.
—Un poquito más —se dijo.
Apiló tres fardos de paja y subió. Los fardos se movieron y ¡plof!, Benjamín se sentó en la paja. La luz de la ventana ya estaba naranja y cada vez más finita. Allá en la casa, Nina seguía llorando.
Benjamín se quedó quieto y miró. Vio el rastrillo largo, apoyado en la pared. Tenía puntas curvas, como dedos doblados.
—Un poquito más —dijo.
Levantó el rastrillo con las dos manos. Le temblaban los brazos. Metió una punta debajo de la oreja de Orejita y empujó hacia arriba, despacito.
Orejita se soltó y cayó sin hacer ruido sobre la paja.
Benjamín lo apretó contra la campera y corrió a la casa mientras se apagaba la última luz.
Se paró junto a la cuna. Puso a Orejita al lado de la manito de Nina. Ella lo agarró de la oreja y dejó de llorar.
Se oyó un respiro largo y suave. Y en el borde de la ventana, tin, el cuervo dejó un botón azul.