Cuerpo y sentidosEspañol (Argentina)
Huellas que brillan
Delfina encontró una huella brillante en el piso del baño. Era una huella de pie, verde pálido, como una luciérnaga aplastada.
—Qué raro —dijo—. Yo todavía no me puse las pantuflas.
Pero nadie se asombró. En esa casa las huellas brillaban una hora después de hacerse, y listo. Así que Delfina siguió la huella. Doblaba por el pasillo, subía al banquito y paraba frente al lavabo.
Ahí estaba Tomás, su hermanito, con el único cepillo de dientes que quedaba. El otro se había caído detrás del mueble hacía días.
—Es mío —dijo Tomás.
—Yo lo quería —dijo Delfina—. Tengo que cepillarme antes de dormir.
—Yo también. ¡Mis dientes están sucios de mermelada!
Delfina probó primero con pedirlo por favor. Tomás apretó el cepillo contra el pecho. Probó después con contar hasta tres. Tomás contó más rápido que ella: ¡uno-dos-tres-cuatro-cinco!, y no lo soltó.
Delfina se sentó en el banquito. Miró el piso. Las huellas de los dos brillaban, verdes, y se cruzaban por todos lados.
Entonces se le ocurrió una idea.
—Tomás, mirá. Si los dos nos cepillamos con el mismo cepillo, pero uno después del otro, brillan las huellas de los dos. ¡Hacemos un camino hasta la cama!
—¿Y quién va primero?
—Vos. Yo cuento.
Tomás se cepilló. Arriba, abajo, arriba, abajo. Hacía espuma como una nube de jabón. Delfina contó hasta veinte, despacio. Después le tocó a ella: la espuma le hizo cosquillas en la nariz y estornudó. ¡Achís!
La espuma voló y se pegó en el espejo. Los dos se rieron tanto que casi se les cae el cepillo.
—Dientes limpios —dijo Delfina.
—Dientes limpios —dijo Tomás.
Se enjuagaron y caminaron hasta la cama, uno al lado del otro. Detrás de ellos, las huellas verdes brillaban en el pasillo oscuro, tan despacito, tan despacito, hasta que una por una se fueron apagando.