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Fabulada

Cuerpo y sentidosEspañol (Uruguay)

Renata y el puente que canta

Renata tenía un puente en su casa del árbol, y ese puente cantaba. Cada paso suyo hacía una nota distinta: do, mi, sol, fa. Nadie en el pueblo lo encontraba raro.

Renata quería una sola cosa. Quería usar la pelela grande, la azul, sin ayuda. Ya tenía casi cuatro años.

Esa mañana corrió por el puente. Tin, tan, tun. Entró al baño de la casa del árbol, que estaba en la rama más ancha, y se sentó en la pelela.

Esperó. Esperó un poquito más. No pasó nada.

—¡Papá! —llamó—. No sale.

Papá asomó la cabeza.

—Puede ser que todavía no tengas ganas —dijo—. Yo me acuerdo de cuando era chico, pero no me acuerdo cómo hacía.

Y se fue a regar las plantas, porque tenía sus propias cosas que hacer.

Renata se quedó sentada. Se puso a mirar el techo. Contó tres hojas. Cantó una canción. Nada.

Entonces probó otra cosa. Se paró, caminó hasta el puente y volvió despacito, escuchando cada nota. Do, mi, sol, fa.

De pronto sintió un cosquilleo en la panza, como cuando una burbuja quiere subir.

—¡Ay! —dijo Renata.

Corrió. El puente cantó muy rápido: tin-tan-tin-tan-tun. Se sentó en la pelela justo a tiempo.

Y esta vez sí. Se oyó un sonido chiquito: plic.

Renata abrió muchos los ojos. Después se le escapó una risa, y el puente, allá afuera, hizo una nota nueva, aguda, que nadie había oído antes, como si también se riera.

—¡Papá! —gritó—. ¡Salió! ¡Y el puente cantó!

Papá volvió con la regadera en la mano.

Renata se levantó, miró adentro de la pelela y sonrió. Después caminó por el puente, tin, tan, tun, con las manos arriba, y las notas la siguieron hasta la puerta.