Cuerpo y sentidosEspañol de España
Pablo y la campana del viento
Pablo era el único niño de su calle que tenía una campana que sonaba sola. Colgaba de su ventana, y hacía tilín, tilín cada vez que el viento cambiaba de lado. Nadie la encontraba rara. Era la campana de Pablo, y ya está.
Pablo quería una cosa grande. Quería usar el orinal, como su prima Lola. El suyo era amarillo y tenía un pato pintado en el fondo.
Pero había un problema. Pablo jugaba, jugaba y jugaba, y cuando se acordaba, ya era tarde. Y entonces, pantalón mojado.
—No pasa nada —decía la abuela, y sacaba otro pantalón del tendedero.
Primero Pablo probó a sentarse después de comer. Se quedó un buen rato. Contó sus dedos. Cantó la canción del pato. Nada. Se levantó, y a los diez pasos, otra vez pantalón mojado.
Luego probó a sentarse cada vez que la abuela decía «venga». Tampoco. El orinal seguía seco y el pato lo miraba.
Una tarde, Pablo jugaba con sus coches en el suelo. De pronto, tilín. La campana sonó en la ventana. El viento había cambiado.
Y justo entonces Pablo sintió algo en la barriga. Era un meneo pequeñito, como un cosquilleo.
Se quedó quieto, con un coche en cada mano.
—¡Es como la campana! —dijo—. ¡Me avisa!
Soltó los coches y corrió hasta el orinal. Se bajó el pantalón a toda prisa y se sentó.
Pssssss.
Pablo abrió mucho los ojos. Luego se echó a reír, y el pato del fondo pareció reírse también.
La abuela entró corriendo con las sábanas en los brazos.
—¡El viento ha cambiado! Tenía que recoger la colada. ¿Y vosotros qué hacéis?
—¡Mira, abuela! —dijo Pablo—. ¡Mira, Lola, venid!
Lola se asomó a la puerta y levantó los pulgares.
Pablo se quedó sentado, con los pies colgando. Por la ventana entraba un aire fresco que olía a ropa limpia. Y en lo alto, muy bajito, la campana hizo tilín una vez más.