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Fabulada

Cuerpo y sentidosEspañol (Colombia)

La bacinilla de Valentina

Valentina quería usar la bacinilla ella solita, como su hermano grande.

Su bacinilla era amarilla y tenía una tapa redonda. Estaba en la azotea, entre las macetas, porque ahí también estaba el jardín de la abuela. Era un jardín donde cada flor se abría a su hora. La flor rosada se abría a las nueve. La flor blanca, después de las onces. Y la flor azul, justo cuando se encendían las linternas.

Esa tarde, Valentina sintió un cosquilleo en la barriga.

—¡Ya viene! —dijo.

Corrió hasta la bacinilla y levantó la tapa. Pero la tapa se le escapó de las manos y cayó al piso.

¡Crac! Se partió en dos pedazos.

Valentina se quedó quieta. Sin tapa, la bacinilla le parecía una boca abierta.

—No me gusta así —dijo—. Me da cosa.

Primero intentó sentarse con los ojos cerrados. No pudo. Después intentó sentarse cantando fuerte. Tampoco. La boca abierta seguía ahí, mirándola.

El cosquilleo apretaba.

Valentina miró alrededor. Vio una maceta vacía, grande y redonda, con la tierra recién removida. Vio la tapa partida. Y vio la flor rosada, que ya estaba cerrada.

—Ay —susurró—. Se me pasó la hora.

Entonces se le ocurrió una idea. Tomó los dos pedazos de la tapa y los juntó como un libro. Luego los acostó sobre la bacinilla, bien chueca, como un sombrero de lado.

—Ahora tiene gorro —dijo, y se rio.

Ya no parecía una boca. Parecía un amigo con sombrero.

Valentina se bajó los pantalones, se sentó y esperó. Un grillo cantó. Las linternas se prendieron una por una.

Y justo entonces, plin, se oyó el agüita.

—¡Lo logré! —gritó.

A su lado, la flor azul empezó a abrirse, despacito, como si aplaudiera.