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Fabulada

Cuerpo y sentidosEspañol de México

Mateo y la campana del viento

Mateo era el único niño de la tienda de juguetes que tenía un dinosaurio verde pegado a la mano. Se llamaba Tito, y siempre iba con él.

Esa tarde, justo antes de cerrar, Mateo quería algo muy grande: usar la bacinica rojita que mamá le había comprado. Ya no quería pañal. Pero la bacinica estaba ahí, en el pasillo, y se veía tan nueva y tan redonda que le daba un poquito de susto.

—Ven, Mateo —dijo mamá—. Yo espero aquí con la bolsa.

Mateo se acercó. Se sentó. Nada pasó.

—Tú puedes —susurró.

Entonces la campana de la puerta hizo ¡clin, clin, clin! sola, como siempre hacía cuando el viento cambiaba de lado. Nadie en la tienda la miró. Mateo se asustó, se levantó de un brinco y Tito salió volando. ¡Plof! Cayó dentro de la bacinica.

—¡Tito! —gritó Mateo.

Mateo metió la mano. Casi lo alcanzaba, pero la bacinica era honda y el dinosaurio se quedó en el fondo, con las patitas para arriba.

Probó otra cosa. Se asomó, y su cara se vio chiquita en el borde.

—Tito, sube.

Tito no subió. Los dinosaurios no saben trepar bacinicas.

Mateo se quedó pensando. Miró la bacinica. Miró a Tito. Y vio que la bacinica no mordía, ni hacía ruido, ni se movía. Solo esperaba, como una taza grande.

—Bueno —dijo—. Entonces te saco con cuidado.

Se agachó. Con dos dedos agarró la cola verde y jaló despacio, despacio. Tito salió con un chasquido suave.

Mateo lo abrazó fuerte. Luego se sentó otra vez, sin darse cuenta, con Tito en las rodillas.

Y esta vez, sí.

Se oyó un chorrito pequeño. Mateo abrió los ojos muy grandes. Mamá sonrió desde el otro lado del pasillo.

Afuera, el viento volvió a cambiar. La campana hizo ¡clin, clin, clin! y Mateo, sentado en su bacinica rojita, no se movió.