EmocionesEspañol (Uruguay)
El estanque de los nenúfares
Lautaro quería llorar, pero no quería que nadie lo viera.
Se le había caído el barquito de papel al estanque. Era el barquito azul que le había hecho su abuelo. Ahora flotaba lejos, en el medio, y Lautaro no llegaba.
En ese estanque los nenúfares eran tan grandes que uno podía pararse encima. Todos lo sabían. Los patos lo sabían, y las ranas también.
Lautaro saltó al primer nenúfar. Se hundió un poquito, nada más. Saltó al segundo. Saltó al tercero. Pero el barquito se movía con el viento y se alejaba cada vez más.
—Quieto, barquito —dijo—. Quieto.
El barquito no se quedó quieto.
Lautaro se agachó en el nenúfar y se tragó el llanto. Le dolía la garganta. Apretó los labios muy fuerte.
—Plop —hizo algo debajo de él.
Una rana grande salió de abajo del nenúfar y lo miró. Había venido a tomar sol, y Lautaro estaba en su lugar.
—Estás todo apretado —dijo la rana—. Pareces un puño.
—No estoy llorando —dijo Lautaro.
—Ya veo. Pero te hace falta.
Lautaro se quedó callado. Después le temblaron los labios, y de golpe le salieron las lágrimas, grandes y calientes. Lloró con hipo y con mocos. Lloró fuerte.
Las lágrimas caían en el agua, plic, plic, plic. Y el agua hizo círculos chiquitos que se fueron abriendo y abriendo.
Lautaro dejó de llorar para mirar. Los círculos se movían hacia afuera, y empujaban el agua despacito. Y el barquito azul venía solo, balanceándose, hacia el nenúfar.
Lautaro estiró la mano y lo agarró.
—Ay —dijo, y se sonó la nariz con la manga—. Vino.
La rana ya se había acostado al sol, con los ojos cerrados.
—Mirá vos —dijo, sin moverse.
Lautaro se sentó con el barquito en la falda. Todavía le salía algún hipo, y el agua seguía moviéndose, suave, alrededor del nenúfar.