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Fabulada

EmocionesEspañol de España

Alma y la piedra redonda

Alma quería llegar a lo alto de la colina, donde la fuente echa burbujas cuando alguien canta cerca. Todo el mundo lo sabía, y Alma llevaba una canción nueva guardada en el bolsillo.

Había llovido con sol, y la colina estaba llena de flores amarillas y moradas. Alma subía con sus zapatillas rojas. Un paso, otro paso.

Pero a mitad de camino había una piedra enorme, redonda como un pan, plantada en medio del sendero.

Alma empujó. La piedra no se movió. Empujó con la espalda y con las dos manos. Nada. Probó a trepar, resbaló sobre la hierba mojada y se sentó de golpe. ¡Plof!

Encima de la piedra tomaba el sol un caracol.

—Buenas —dijo—. ¿Subes?

—Quería —dijo Alma. Y le empezó a temblar la barbilla.

Alma lloró. Lloró con hipos y con mocos, y las lágrimas le resbalaban por la nariz y caían sobre las zapatillas. El caracol no dijo nada. Se quedó muy quieto a su lado, mirando las nubes.

Poco a poco el llanto se fue haciendo pequeño. Alma respiró hondo, una vez, dos veces. Se limpió la cara con la manga. Y entonces, con los ojos recién lavados, vio algo que antes no había visto: junto a la piedra, entre las flores, había un hueco justo de su tamaño.

—¡Mira! —dijo.

—Es mi puerta de atrás —dijo el caracol—. Pasa con cuidado, que ahí duermo.

Alma pasó de lado, con la tripa metida y los pies de puntillas. Un paso, otro paso. Y el sendero siguió hacia arriba, entre las flores mojadas.

Arriba estaba la fuente, callada y redonda. Alma abrió la boca y cantó su canción, un poco temblona: «La, la, hip, la». Las burbujas salieron a chorros, grandes y pequeñas, brillando como gotas de lluvia. Una se posó en su mejilla mojada y se rompió.

Pop. Y Alma sintió cosquillas.