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Fabulada

EmocionesEspañol de México

Una vela que no se apaga

En la feria había tiendas de rayas rojas y blancas, y un carrusel que nunca dejaba de dar vueltas.

Emiliano tenía cinco años y una vela en las manos. Era su vela de la feria. Arde despacio, muy despacio, mientras alguien la mira. Allí nadie lo encontraba raro.

Emiliano quería llevársela a su abuela antes del atardecer. La abuela estaba enferma y no había podido ir a la feria.

Pero la vela se le cayó. Plic. Rodó bajo una tienda y se apagó.

Emiliano sintió un nudo en la garganta. Apretó los labios y se limpió la cara con la manga de su chamarra.

—No voy a llorar —dijo bajito—. Los grandes no lloran.

Fue a buscar un cerillo. El vendedor le dijo:

—Se me acabaron, niño.

Probó con el carrusel. Lo miró girar y girar, pero el carrusel no daba fuego.

El sol ya estaba bajito. Naranja, naranja, naranja.

Emiliano se sentó en el suelo con la vela apagada. El nudo creció y creció, como un globo. Y entonces el globo se rompió.

—¡Buaaa! —lloró Emiliano.

Lloró fuerte. Le salieron lágrimas gordas. Cayeron sobre la mecha, una, dos, tres.

Después se quedó callado. Respiraba hondo, y se sentía más ligero, como un globo sin aire.

Miró la vela. De la mecha subía un hilito de humo.

—¡Estás caliente! —dijo.

Se acordó de que la vela ardía mientras alguien la miraba. Él no había dejado de mirarla ni un momento, ni siquiera llorando. Con los ojos mojados la miró todavía más.

Una lucecita naranja se asomó. Pequeña, pero ahí estaba.

Emiliano la cubrió con las dos manos y echó a andar, despacio.

Cuando llegó a la casa, la abuela estaba en la ventana. Le abrió los brazos.

—Ven, cuéntame —dijo.

Emiliano se acurrucó con ella. La vela ardía en la mesa, y su luz se movía suavecito sobre la pared.