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Fabulada

EmocionesEspañol

Nubecita Camila

—Soy muy chiquita para hacer lluvia —dijo Camila, la nubecita, y se le puso gris la barriga.

Camila flotaba sobre un estanque con nenúfares. Abajo, la tierra estaba seca y el estanque ya era bajito. Camila quería llenarlo de lluvia, aunque fuera un poquito. Pero era la nube más pequeña del cielo, y se sentía muy triste.

—Soy muy chiquita —repitió.

Una rana estaba sentada en un nenúfar. Había venido a practicar su croar de la tarde.

—Croac —dijo la rana—. ¿Por qué suspiras, nubecita?

—Quiero hacer llover y no puedo.

—Pues inténtalo. Yo sigo con mi croac.

Camila se apretó fuerte, fuerte, como una esponja. Salió una gotita. La rana la miró caer.

—Una —contó—. Con una no alcanza.

Camila lo intentó de otra forma. Se dejó caer contra la punta de la colina, ¡pum!, para sacudirse. Solo se despeinó. Quedó torcida como un algodón de azúcar.

—Soy muy chiquita —dijo, y empezó a llorar bajito.

Entonces cayó una lágrima. Plop. En el agua se abrió un círculo. Cayó otra. Plop. Otro círculo, y otro, y otro, uno dentro de otro, brillando.

Camila dejó de llorar un momento para mirar. Los círculos seguían ahí, bailando sobre el agua.

—Mira —susurró—. Cuando estoy triste, caen gotas.

—Croac —dijo la rana, que ya había saltado al medio—. Yo no pedí ayuda, pero qué bonito está esto.

Camila pensó en cosas tristes, pero chiquitas. Su lluvia cayó despacito sobre el estanque: plop, plop, plop. Los círculos se juntaron y el nenúfar se meció como una cuna.

La rana cerró los ojos y croó muy bajito, al ritmo de las gotas. Camila sintió la barriga más liviana, y siguió lloviendo, plop, plop, plop, hasta que el agua quedó quieta y brillante bajo ella.