EmocionesEspañol (Colombia)
Un bol de barro
Samuel oyó la vela chisporrotear en la mesa de la cocina y corrió a sentarse frente a ella. Todos sabían que una vela mirada dura más.
Mamá llegaba para las onces cuando la vela se apagara. Y Samuel tenía que terminar antes su regalo: un bol de barro con una estrella en el fondo.
—Mira la vela, Samuel —se dijo—. Una vela mirada dura más.
Miró la llama con los ojos bien abiertos. Alisó el barro con los dedos. Puso la estrella en el fondo.
Entonces el bol se le resbaló y cayó sobre la mesa.
¡Crac!
Una raja larga le cruzó la panza al bol. A Samuel le ardieron los ojos. Apretó la boca. Los hombres valientes no lloran, pensó, aunque no era un hombre, era un niño de cinco años con barro en las uñas.
Pegó la raja con saliva. No se pegó. La tapó con una bolita de barro. La bolita se cayó.
—Mira la vela —susurró, con la voz chiquita—. Una vela mirada dura más.
Pero la llama se hizo borrosa, y se hizo grande, y le temblaba la barbilla. Y por fin salió un sollozo, y detrás otro, y detrás una lluvia entera. Samuel lloró con la cara en las manos. Lloró hasta que le dolió la barriga y le hizo glup el hipo.
Cuando abrió los ojos, había lágrimas sobre el barro, y el barro, mojado, estaba blando como plastilina.
Samuel pasó el dedo por la raja. Se cerró. Pasó otra vez, y quedó una línea ondulada, como un río pequeño.
Se oyó la puerta. Mamá entró con la bolsa del pan.
—¿Y esa vela? —preguntó—. Sigue casi entera.
Samuel se secó la nariz con la manga y le puso el bol en las manos. La vela ardía bajita, y la estrella brillaba en el fondo, al final del río.