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Fabulada

EmocionesEspañol

Sofía y la sombra rezagada

Sofía quería llegar al prado antes de que se apagara la última luz, para atrapar una luciérnaga en su frasco.

Corrió con su osito de trapo bajo el brazo. En ese pueblo las sombras iban un poco atrás, como perros despistados, y solo alcanzaban a la gente al mediodía. Nadie lo encontraba raro. La sombra de Sofía venía trotando por el camino, lejos todavía.

En el prado, las luciérnagas parpadeaban entre la hierba. ¡Tilín, tilín! Sofía levantó el frasco. Pero el osito se le resbaló del brazo, rodó cuesta abajo y se quedó atascado dentro de un tronco hueco.

—Yo puedo sola —dijo Sofía.

Metió la mano. Solo tocó madera fría. Probó con una ramita larga, pero el osito se hundió más. Probó otra vez con la ramita, y otra.

Entonces le empezó a temblar la barbilla. Le picaron los ojos. Y las lágrimas le salieron todas juntas, calientes, por las mejillas.

—Yo puedo sola —lloró—. Yo puedo sola.

Su sombra por fin llegó al prado y se quedó quieta a su lado, larga y negra, con los hombros temblando igual que los de ella. Sofía la miró. Su sombra también lloraba.

Sofía soltó una risita mojada.

—Qué tonta eres —dijo.

Se secó la nariz con la manga. Se sintió más liviana, como un globo con menos aire.

Se agachó junto al tronco y llamó:

—¡Papá! ¡Ayúdame, por favor!

Su papá, que estaba sentado más allá mirando las estrellas, vino enseguida. Metió su brazo largo y sacó al osito con una sola tirada.

—Aquí está —dijo.

Sofía abrazó al osito, que olía a madera y a tierra. Una luciérnaga bajó despacio y se posó en su oreja de trapo.

Sofía se quedó muy quieta, con las mejillas todavía húmedas. Cerca, en la hierba, los grillos cantaban, y la luz de la oreja del osito se encendía y se apagaba, se encendía y se apagaba.