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Fabulada

Familia y hogarEspañol (Argentina)

Un frasco que latía

Santino encontró un frasco sobre la mesada de la cocina de la abuela. Adentro había una masa blanda y burbujeante, y hacía plop, plop, como si respirara.

—Abu, ¿esto está vivo?

—Clarísimo —dijo la abuela, y se rió. En el estante, la lámpara de aceite se puso más brillante—. Es la masa madre. Hay que cuidarla todo el día. Yo tengo que ir a lo de la vecina, así que hoy la cuidás vos.

Santino abrió grande los ojos. Quería hacer bien su trabajo. Quería que, a la tarde, la abuela horneara pan con esa masa.

—¿Y qué le doy?

—Harina, agüita tibia y paciencia. Pero empezá vos, no te quedes mirando.

Santino se quedó mirando. Le daba un poco de miedo ser el primero en tocarla. Al final metió la cuchara. Plop.

Echó harina. La masa no se movió. Echó agua del grifo. La masa siguió igual de quieta y se puso toda aguada y fría, como una sopa triste.

—Vamos, masa —susurró—. Vamos, plop, plop.

Nada. Santino se apoyó en la mesada y pensó. La abuela siempre cantaba mientras cocinaba. Y la lámpara brillaba más cuando alguien se reía. ¿Y si la masa también quería alegría?

Pero primero faltaba lo tibio. Puso el frasco al lado del horno, donde el aire era calentito, y lo tapó con un repasador.

Después le cantó la canción de la abuela, bien desafinada. Se le trabó una palabra y le salió «pan de sapo». Santino soltó una carcajada. La lámpara brilló, y el frasco hizo: ¡plop, plop, plop!

La masa subía, despacito, hasta empujar el repasador como un gorro.

Cuando la abuela volvió, la cocina olía a pan tibio. Santino seguía junto al frasco, y la masa respiraba bajito, plop, plop, bajo el repasador.