Saltar al contenido
Fabulada

Familia y hogarEspañol

La canción de Lola

Mateo era el único niño de la colina que silbaba por el hueco de sus dientes de leche. Su silbido sonaba como un pajarito con catarro.

Hacía tres días que tenía una hermanita. Se llamaba Lola y era chiquita como un pan. Pero lloraba y lloraba. Solo se calmaba cuando mamá le cantaba la canción de cuna. Ahora mamá dormía, cansadísima, y Lola lloraba otra vez.

Mateo quiso cantar. Pero solo se sabía el principio: «Duerme, duerme, luna chica…». Después, nada. Lola lloró más fuerte.

—No llores. Voy a buscar el resto de la canción —dijo Mateo.

Bajó por la ladera. La lluvia tibia había llenado la colina de flores amarillas y moradas. En la panadería, don Pablo amasaba.

—¿Tú sabes la canción de Lola? —preguntó Mateo.

—Casi, casi —dijo don Pablo—. «Baja el sol a su cobija». Falta un pedacito.

La pastora cuidaba sus cabras junto al camino.

—Casi, casi —dijo ella—. «Y las flores van cerrando». Falta un pedacito.

Mateo se fue repitiendo todo: «Duerme, duerme, luna chica, baja el sol a su cobija, y las flores van cerrando…». Y después, ¿qué? Se le quedó la cabeza en blanco.

Llegó al puente del arroyo. Era un puente que tarareaba una nota distinta bajo cada pisada, y nadie en la colina lo encontraba raro. Mateo pisó. ¡Mi! Pisó otra vez. ¡Sol! Y otra. ¡La!

Se quedó quieto. Esas notas no tenían palabras, pero eran las del final de la canción. ¡Eran justo esas!

Cruzó despacio, una vez, y otra, y otra más. Silbó cada nota con su hueco en los dientes. ¡Piiii-fiu! Por fin se la supo entera.

Volvió corriendo a casa. Se asomó a la cuna, donde Lola tenía la carita roja de tanto llorar. Mateo cantó todo, y al final silbó las tres notas del puente.

Lola dejó de llorar. Soltó un hipo. Después agarró el dedo de Mateo con su manita y escuchó el silbido de pajarito con catarro, una y otra vez, hasta que solo se oyó su respiración, suave y lenta.