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Fabulada

Oficios y comunidadEspañol de México

Los charcos que rebotan

—Hoy sí llego primero a la estación —dijo Diego, y se subió los tirantes del pantalón de bombero.

Diego era bombero y ese día tenía mucho que hacer. Primero tenía que sacar al gato de doña Lupe del árbol. Después tenía que llevar la escalera grande a la escuela. Y al final tenía que lavar el camión rojo, porque a las cinco venía el desfile.

Pero afuera había llovido. En el pueblo de Diego, los charcos rebotaban como tambores cada vez que alguien saltaba en ellos. Nadie lo encontraba raro. Era lo de siempre.

Diego subió al camión. ¡Brrrum! Salió rumbo a la casa de doña Lupe. En la esquina había un charco enorme, justo en medio del camino.

—Con cuidado —se dijo, y lo rodeó.

Pero el camino de al lado estaba lleno de charcos, uno detrás de otro. Cada vez que una llanta tocaba uno, ¡bom, bom, bom!, el camión daba un brinco y la escalera se movía.

—Así no llego —dijo Diego—. Voy a tardar todo el día.

Probó ir muy despacito. Los charcos rebotaron igual. Probó ir muy rápido. Rebotaron más fuerte, y a Diego se le cayó el casco.

Diego se quedó pensando. Miró los charcos. Miró el casco rodando. Y vio que los charcos rebotaban solo cuando algo los pisaba fuerte.

—Ya sé —dijo—. Si los pisamos suave, suenan suave.

Fue manejando como si las llantas fueran plumas. Bom… bom… bom, sonaban los charcos, bajito, y el camión se mecía sin brincar.

Doña Lupe esperaba bajo el árbol.

—¡Qué música tan bonita! —dijo.

Diego subió la escalera. El gato maulló, saltó a sus brazos y ronroneó contra su chamarra.

Desde el camión, los charcos seguían sonando, bom… bom… bom, cada vez más bajito, hasta que la calle se quedó callada.