Oficios y comunidadEspañol (Uruguay)
Un rincón con almohadones
La biblioteca del pueblo tenía una ventana redonda, y debajo de la ventana había un rincón con almohadones. Ese era el rincón favorito de la bibliotecaria.
Se llamaba Camila, y esa mañana quería sentarse allí con su taza de té y un libro nuevo. Pero algo andaba mal. Los almohadones no estaban.
—Vos tenías cuatro almohadones —se dijo Camila—. Uno rojo, uno verde, uno a rayas y uno con una estrella.
Primero miró detrás de la estantería. Nada. Después miró debajo de la mesa grande. Tampoco.
Entonces oyó un ruidito en el techo: ¡cric, cric, cric!
Por la ventana abierta entró un cuervo. Traía en el pico una cucharita de plata y la dejó sobre la mesa.
—Buen día, Camila —dijo el cuervo—. Hoy te traigo esta.
—Gracias, Corvino —dijo ella—. Pero ¿dónde está lo que te llevaste ayer?
En ese pueblo todos sabían que los cuervos piden prestada una sola cosa brillante y siempre devuelven otra distinta. Nadie lo encontraba raro. Camila tenía un cajón lleno de cosas devueltas.
—Ayer me llevé el botón de tu campera —dijo Corvino—. Y hoy te traje una cuchara. No sé nada de almohadones.
Camila pensó. Los almohadones no brillan. Entonces miró el piso y vio unas migas de galleta. Seguían una línea hasta la puerta del cuarto de los libros chicos.
Camila siguió las migas. Allí, detrás de la cortina, dormía un gato gris, muy gordo, sobre una montaña de almohadones.
—Ah —susurró Camila—. Vos también querías un rincón lindo.
El gato abrió un ojo, estiró las patas y se bajó solo. Se llevó el almohadón rojo, el más chiquito, y se acomodó al lado.
Camila acomodó los otros tres bajo la ventana redonda. Se sentó con su té. Corvino se paró en el borde de la ventana. El gato ronroneó: rrrrr, rrrrr. Y el sol tibio les cayó encima a los tres.