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Dos cojines y un sol
Valeria, la bibliotecaria, estaba arrastrando un sillón verde por el piso cuando la lluvia empezó a golpear las ventanas.
—Un poquito más —se dijo—. Un poquito más allá.
Quería llegar a su rincón favorito, el de la ventana redonda. Ahí, cada tarde, se sentaba a leer en voz baja el último libro del día. Pero hoy el sillón no cabía por el pasillo de los libros de animales.
Valeria empujó. El sillón no se movió.
Tiró de él. El sillón tampoco se movió.
—Qué raro —dijo—. Ayer sí pasaba.
Se rascó la cabeza. Entonces oyó un sonido pequeño, detrás de los libros de ballenas: pip, pip, pip.
Se asomó. Ahí estaba un ratón gris con una chamarra de migas de papel, cargando un pedacito de cojín.
—Perdón —dijo el ratón—. Estoy haciendo mi cama. Aquí hay mucha lana, y a mí me gusta estar calientito.
—¿Tú has movido algo de este pasillo? —preguntó Valeria.
—Yo solo traje lana —dijo el ratón—. Y todo lo demás ya estaba.
Valeria miró el piso. Miró el sillón. Miró hacia arriba. Un estante estaba un poquito torcido. Con tanta lluvia, la madera se había hinchado, y el estante se había salido de su lugar. Era justo lo que atoraba el sillón.
—¡Ahí está! —dijo.
Empujó el estante con las dos manos, despacito. Clic. Volvió a su sitio.
Entonces el sillón se deslizó solo, suave como un trineo, y llegó hasta la ventana redonda.
Valeria se sentó. La lluvia caía por el vidrio como si alguien dibujara rayitas. El ratón subió al brazo del sillón, se acurrucó sobre su lana y bostezó.
—Aquí también se está calientito —susurró.
—Sí —dijo Valeria—. Aquí también.
Abrió el libro. Y el pip, pip, pip del ratón se fue haciendo cada vez más bajito, hasta quedarse dormido.