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El rincón de las almohadas

Marta guardaba el último libro del carro cuando oyó un ruido en el rincón del fondo. Pum, pum, pum. Era el charco de la biblioteca, que rebotaba como un tambor cada vez que alguien lo pisaba.

Marta era la bibliotecaria, y ese rincón era su favorito. Tenía una ventana redonda, cuatro almohadas de colores y una lámpara con forma de luna. Allí leía ella cuando la biblioteca se quedaba en silencio.

Esa tarde quería sentarse en la almohada naranja, la más blanda. Pero la almohada no estaba.

—¿Dónde te has metido? —preguntó Marta.

Miró debajo de la mesa. Nada. Miró detrás de la estantería. Nada. Levantó la alfombra y solo encontró una pelusa, que se fue rodando.

Entonces entró Nico, que había venido a devolver un libro de cangrejos.

—¡Marta! ¿Me dejas saltar en el charco?

—Hoy no me ayudas, Nico, estoy buscando mi almohada —dijo ella.

—Pues yo busco mi turno —dijo él—. Primero salto yo, y luego tú.

—Vale. Pero un salto solo.

Nico saltó. Pum. El charco rebotó tan fuerte que la lámpara de luna se movió, y de la estantería cayó un cojín naranja, blando como un pan.

Marta se quedó mirando. Los saltos de siempre sacudían la estantería, y la almohada había rodado hasta lo alto, entre dos libros gordos.

—¡Estaba escondida arriba! —dijo.

—Pues ahora te toca a ti —dijo Nico.

Marta se sentó en la almohada naranja. Abrió el libro de cangrejos, que olía a mar. Nico saltó una vez más, despacito, y el charco hizo pum, pum, cada vez más bajito, hasta que solo se oyó la lámpara, zumbando como una abeja dormida.