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Fabulada

Oficios y comunidadEspañol (Colombia)

Rincón de la bibliotecaria

Salomé quería descubrir cuál era el rincón favorito de la bibliotecaria.

Doña Amparo desaparecía todas las tardes a la hora de las onces. Y nadie sabía adónde iba.

Pero en esa biblioteca las huellas brillaban un poquito durante una hora. Eran azules, como de luciérnaga. Salomé miró el suelo y sonrió.

—Voy a seguir sus huellas —dijo.

Siguió unas hasta los mapas. Siguió otras hasta la ventana. Después, hasta el escritorio de los sellos. Las huellas iban para todos lados y se cruzaban entre sí.

—Esto es un enredo —dijo Salomé, y se rascó la cabeza.

Probó otra cosa. Se fue detrás de las más nuevas, las que brillaban fuerte. Pero las nuevas terminaban en el escritorio y no seguían.

Salomé se sentó en el suelo, con las manos en las rodillas. Entonces vio algo. Cada vez que Doña Amparo salía a pasear, sus huellas volvían, y siempre volvían por el mismo camino. Todas pasaban junto a la lámpara verde, detrás de la estantería grande.

—Ahí es —susurró Salomé.

Fue hasta la lámpara verde y se quedó quieta. Esperar era lo más difícil. Contó hasta veinte. Contó hasta cuarenta. Movió los dedos de los pies dentro de los tenis.

Por fin, unos pasos. Doña Amparo llegó con una taza y una galleta. Se sentó en un sillón viejo. Una de sus patas no era de sillón: era una cuchara de palo, y debajo había una lata de galletas.

El sillón hizo: ¡crec!

—Lo arreglé yo —dijo Doña Amparo—. Con lo primero que encontré.

Salomé se rio. Doña Amparo le hizo un lugar y le dio la mitad de la galleta.

Abajo, las huellas de las dos brillaban juntas, azules y suaves, y poco a poco se iban apagando.