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Fabulada

Familia y hogarEspañol (Uruguay)

Abuelo y la torta torcida

Mateo quería darle una torta al abuelo cuando llegara.

Se lo había prometido por teléfono: «Abuelo, cuando vengas, te hago una torta». Y el abuelo había dicho: «Entonces voy con hambre».

Ya era de noche. La cocina estaba con velitas sobre la mesa, porque el abuelo venía en el último colectivo y la cena iba a ser tardísimo. Mamá había dejado la masa lista en el bol.

Mateo la puso en el molde y la metió en el horno. Esperó. Esperó un poco más.

Cuando la sacó, la torta estaba torcida. Un lado altísimo, como una montaña. El otro lado, chato, como una pileta sin agua.

—Así no se la puedo dar —dijo Mateo.

Probó con la cuchara. Apretó la montaña para abajo. ¡Plaf! La torta se rompió por el medio.

Probó con crema. Puso y puso crema en el lado chato. La crema se chorreó por la mesa.

Mateo se sentó y se miró las manos llenas de crema. Afuera se oyó el colectivo. Después, pasos en el camino.

Entonces miró la torta otra vez. La montaña. La pileta. Y se le ocurrió algo.

Tomó dos frutillas y las puso en la montaña. Tomó una cucharada de crema y la puso en la pileta, y encima una galletita.

—Mirá —susurró—. Una montaña con una nena que se baña.

La puerta se abrió.

—¡Llegué con hambre! —dijo el abuelo, sacándose la campera.

Mateo le acercó la torta con las dos manos.

—Es una montaña y una pileta —dijo—. La nena es la galletita.

El abuelo se sentó a la luz de las velitas. Se rió bajito, con los ojos chiquitos.

—Entonces —dijo— primero me zambullo.

Y hundió la cuchara en la pileta. La galletita hizo crac, y la crema le dejó un bigote blanco.