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Fabulada

Oficios y comunidadEspañol (Colombia)

El cartero del cerro que zumba

En el pueblo de Cuestaverde, el cerro zumba bajito cada vez que llueve. Nadie se asombra. Todos dicen: «Es que está contento».

Luciana era la cartera del pueblo. Tenía una bolsa azul, unos tenis rojos y una carta muy importante para doña Rosa, que vivía arriba, en la última casa del cerro. Era una carta de cumpleaños, y la tarta ya estaba en el horno.

Esa mañana empezó a llover. Pum, pum, pum, sonaron las gotas. Y el cerro hizo mmmmm.

Luciana subió por el camino de siempre. Pero en la curva había un rebaño de ovejas, todas paradas en medio.

—Con permiso, ovejas —dijo Luciana.

Las ovejas la miraron y no se movieron. Ellas tenían su propio plan: esperar a que escampara para comer pasto.

Luciana probó por la derecha. Barro. Probó por la izquierda. Espinas.

—Tengo que llegar, tengo que llegar —cantó bajito.

Entonces notó algo. El zumbido del cerro sonaba más fuerte por un lado, junto a una piedra grande. Luciana puso la oreja en la piedra. Mmmmm. Detrás había un hueco, y una cuevita seca que subía en curva.

—¡Un atajo!

Entró con su bolsa. Adentro todo zumbaba, y a Luciana le hacía cosquillas en la barriga. Subió y subió, riéndose, y salió por un agujero justo al lado de la casa de doña Rosa. Salió con una hoja en el pelo y una telaraña en la nariz.

—¡Luciana! —dijo doña Rosa—. ¿De dónde sales tú?

—Del cerro —contestó ella—. Tengo una carta para ti.

Doña Rosa la abrió y sonrió. Después le dio un trozo de tarta y una taza de chocolate caliente para las onces.

Afuera seguía lloviendo. Luciana se sentó junto a la ventana, con los tenis mojados y la tarta tibia, y el cerro siguió zumbando, mmmmm, bajito, como un gato grande dormido.