Estaciones y climaEspañol
Una semilla en el bolsillo
En el bolsillo del abrigo, Valentina encontró una semilla. Era pequeña, redonda y un poco brillante, como una gota de café.
—¿Y esto? —dijo.
Se la enseñó a su abuela, que regaba las hierbas del huerto. Allí zumbaban las abejas, y olía a menta.
—Es una semilla —dijo la abuela—. Si la plantas, crecerá.
Valentina quería plantarla ya. Quería ver qué salía de ahí. Pero en el huerto no había sitio. Entre la tierra blanda y el rincón de la menta había una zanja ancha, hecha por la lluvia.
Valentina dio un paso largo. No llegó. Dio un salto. Tampoco.
—Es muy ancha para mí —dijo.
Entonces probó otra cosa. Buscó una piedra plana y la echó en la zanja. ¡Plof! La piedra se hundió en el barro.
—Piedra tonta —dijo Valentina.
Una abeja se posó en su dedo y se fue enseguida. Tenía mucho que hacer con la menta, y no se quedó a mirar.
Valentina se sentó y suspiró. Con el pie rozó una tabla vieja, apoyada en la pared. Se quedó mirándola. Era larga. Muy larga.
—¡Una tabla! —dijo.
La arrastró hasta la zanja. Pesaba mucho, y rechinó por el suelo: ¡ñiiiic! La puso de orilla a orilla. Luego cruzó despacito, con los brazos abiertos, como una equilibrista. La tabla se movía un poco, pero aguantó.
Al otro lado, la tierra estaba blanda y tibia. Valentina hizo un huequito con el dedo. Dejó caer la semilla y la tapó.
—Crece, semillita —susurró—. Crece, semillita.
La abuela se acercó con la regadera y dejó caer unas gotas. Valentina pasó la mano por la tierra, suave, suave. Las abejas seguían zumbando entre la menta, y la tierra mojada olía a lluvia.