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Hugo y la bota distinta
Hugo era el único niño del pueblo con una bota amarilla y otra azul. Nunca quiso dos iguales.
Aquella mañana tenía en la mano una semillita negra, redonda como una lenteja. Se la había dado la abuela.
—Plántala donde quieras —le dijo—. Y espera.
Hugo quería verla crecer. Corrió al huerto y clavó la cuchara en la tierra. ¡Clinc! La tierra estaba dura como una piedra. Probó con un palo. Nada. Probó con el talón de la bota azul, y solo salió un hoyito del tamaño de una hormiga.
—Poco a poco —se dijo.
Pero poco a poco no bastaba.
Entonces asomó una lombriz. Iba de paso, con mucha prisa, buscando un sitio fresquito para su siesta.
—Apártate, que estoy plantando —dijo Hugo.
La lombriz no se apartó. Dio la vuelta y se alejó, ondulando, camino de la colina.
Hugo suspiró. Probó con la cuchara otra vez. Clinc. Nada.
De pronto cayeron unas gotas gordas sobre su gorra. Plin, plin. Y la colina empezó a canturrear, como hace siempre que llueve: mmmmm. Nadie en el pueblo lo encontraba raro. Era una colina que tarareaba y ya está.
Hugo miró cómo la lombriz subía hacia el tarareo. Miró la tierra del huerto, seca y gris. Miró la tierra de la colina, oscura y mojada.
—¡Claro! —dijo—. Ella sabe dónde la tierra es blanda.
Cruzó el huerto con la semilla bien apretada en el puño. Al pie de la colina metió un dedo en la tierra, y el dedo entró sin esfuerzo, hasta el fondo. ¡Pof!
Hugo dejó caer la semillita en el hoyo y lo tapó con las dos manos.
—Quedaos tranquilas, vosotras dos —dijo a la semilla y a la lombriz, que dormía muy cerca—. Y tú, colina, sigue cantando.
La colina siguió. La lluvia tamborileaba en su gorra, la tierra olía a mojado y, debajo de las manos de Hugo, la semilla se quedó quietecita en la oscuridad, calentita, escuchando el mmmmm.