Saltar al contenido
Fabulada

Estaciones y climaEspañol de España

Una pluma en el sol

Mateo encontró una pluma enorme en el último escalón de la casa del árbol. Era dorada y brillaba como una cuchara nueva.

—¡Qué pluma tan grande! —dijo.

—Es mía —contestó un gallo flaco desde la rama—. Me la dejé anoche. Hoy es el día más largo del verano, y yo tengo que cantar hasta que se vaya el sol. Sin mi pluma de la suerte, me sale la voz torcida.

Mateo quería algo también. Quería quedarse despierto hasta que el sol se escondiera del todo. Su casa del árbol estaba en la rama más ancha, y desde allí se veía todo el cielo. Pero ya le pesaban los ojos.

—Te la devuelvo —dijo Mateo—. Pero ¿cómo me quedo yo despierto?

—No lo sé —dijo el gallo—. Yo solo canto.

Mateo probó a abrir mucho los ojos. Se le cerraron. Probó a contar hojas. Contó hasta nueve y bostezó.

—Ay, qué largo es este día —suspiró.

El gallo cogió aire. Abrió el pico y soltó un «¡KIKIRIKÍÍÍ!» tan fuerte que las hojas temblaron. Mateo dio un salto.

—¡Vaya! —se rio—. Ya estoy despierto.

Pero el gallo se tapó el pico con el ala. Su voz había salido chueca, como una puerta que chirría.

—Mi pluma —dijo, muy bajito.

Mateo se la puso con cuidado en la cola. El gallo cantó otra vez, y ahora sonó redondo y claro.

—Ya sé —dijo Mateo—. Cantas tú, me despierto yo. Cada vez que el sol baje un poquito, cantas.

Así lo hicieron. El sol bajó un poquito: «¡Kikirikí!». Bajó otro poquito: «¡Kikirikí!». Mateo se sentó junto al gallo, con las piernas colgando de la rama.

El cielo se puso naranja, luego rosa, y por fin azul oscuro. El gallo cantó una última vez, bajito. Mateo oyó los grillos empezar, uno, dos, muchos, y sintió la rama tibia bajo sus manos.