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Fabulada

Estaciones y climaEspañol

Elena y el sol lento

Elena quería ver cómo el sol se metía en el lago, aunque ese día el sol no tenía ninguna prisa.

Era el día más largo del verano. Elena y el abuelo flotaban en una barca pequeña, sobre agua quieta como un espejo. El abuelo sabía la hora justa en que el sol tocaba el agua. Siempre decía que la olía.

—Abuelo, ¿ya? —preguntó Elena.

—Todavía no —dijo él, y cerró los ojos un ratito.

Pasó un ratito. Y otro. Entonces el abuelo empezó a roncar: «ronrrr, fiu, ronrrr, fiu».

Elena miró el cielo. El sol seguía muy alto, redondo y amarillo como una yema.

—Sol, baja ya —susurró.

El sol no bajó. Elena contó nubes: una, dos, tres. Ya no quedaban más. Cantó una canción y bostezó en la mitad. Se frotó los ojos con los puños.

—Si me duermo, me lo pierdo —dijo en voz baja.

En la orilla había una garza de patas largas y flacas. Caminaba despacito, con la cabeza quieta. No miraba a Elena. Miraba el agua, porque quería pescar su cena.

Elena miró también. La sombra de la garza se estiraba sobre el lago, cada vez más larga. Y la sombra de la barca también.

—¡Mira! —dijo Elena—. Las sombras crecen. El sol se está bajando, aunque vaya lento.

Con un dedo marcó en el borde de la barca hasta dónde llegaba la sombra. Esperó. La sombra se movió un poquito. Esperó más. Se movió otro poquito.

—Cuando llegue a la garza, el sol toca el agua —susurró.

La sombra caminó y caminó. De pronto, ¡plop! La garza metió el pico y sacó un pez plateado. La barca se meció y el abuelo dio un respingo.

—¿Ya? —preguntó, con un ojo abierto.

—Ya, abuelo.

El lago se puso naranja de lado a lado. El sol tocó el agua, tan despacio como un dedo en la sopa caliente. Y el abuelo, sonriendo, dijo:

—Lo olí.

Las ranas empezaron a cantar. La barca se mecía suave, y Elena la sintió balancearse bajo ella.