Cuerpo y sentidosEspañol de España
La luz verde del faro
—Venid a lavaros los dientes, que el faro ya se enciende —llamó Papá desde la escalera, y Julia salió corriendo antes que nadie.
Julia vivía con Papá y con su hermano Nico en la casita del faro. Cada noche la luz daba vueltas y pintaba las paredes de un color distinto. Esa noche las pintó de verde. Nadie lo encontraba raro. Era lo de siempre.
Julia tenía un plan. Quería contar los dientes limpios de Nico y decirle el número a Papá, de sorpresa.
—Abre la boca, Nico.
Nico abrió. Julia empezó:
—Uno, dos, tr...
Nico se rio y se movió.
—¡Quieto! Uno, dos...
Nico bailó. Sus dientes se escapaban como ratoncitos.
Julia lo probó de otra manera. Le dio el cepillo y le dijo:
—Cuéntalos tú con la lengua.
Pero Nico solo hizo burbujas. Y Julia suspiró.
Entonces vio que la luz verde pasaba por la pared, despacio, y que Nico dejaba de moverse. Se quedaba mirándola con la boca abierta, quieto como un pez.
—¡Ya sé! —dijo Julia—. Un diente por cada vuelta de luz.
Esperaron. La luz pasó.
—Cepillo, cepillo, que pase la luz —cantó Julia, y cepilló un diente.
La luz volvió.
—Cepillo, cepillo, que pase la luz —cantó Nico, y cepilló otro.
Así fueron uno por uno, arriba y abajo, delante y detrás. Cuando llegaron al último, a Nico le picó la nariz.
—¡Achís!
La espuma voló por el baño y se pegó en la pared. Se quedó allí, redonda y blanca, como una nube pequeñita.
Papá asomó la cabeza.
—¿Ya estáis listos?
—¡Veinte dientes! —dijo Julia—. Los he contado todos.
—Veinte —dijo Papá—. Y una nube en la pared.
La luz pasó otra vez y la nube se puso verde. Nico bostezó muy grande. En el baño solo se oía el grifo, plic, plic, y olía a menta.