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Adrián y el nido del sol
—Cloc, cloc, cloc —cantaban las gallinas en el gallinero.
Adrián las oyó desde la cocina y salió corriendo con su cesta. Era granjero, y cada mañana recogía los huevos para el desayuno. Hoy quería ocho, porque su abuela iba a hacer tortitas para todos.
Pero en el gallinero pasaba algo raro. No había ni un huevo. Las gallinas estaban en fila, una detrás de otra, delante del nido de la ventana.
—¿Qué hacéis? —preguntó Adrián—. Hay nidos para todas.
—Cloc —dijo la gallina Pinta, que iba la primera. Se sentó en el nido de la ventana y no se movió.
Las demás empujaban un poquito. Nadie ponía nada.
Adrián lo intentó. Cambió la paja de los otros nidos por paja nueva y limpia.
—Mirad qué blandita —dijo.
Las gallinas ni miraron.
Entonces probó otra cosa. Cogió a Pinta con cuidado y la puso en otro nido.
Pinta volvió al de la ventana. Cloc, cloc, cloc, y se sentó otra vez.
Adrián se rascó la cabeza. Se agachó a la altura de Pinta y miró lo mismo que ella miraba. Por la ventana entraba un rayo de sol. Caía justo sobre el nido, y la paja brillaba como mantequilla.
—Ah —dijo Adrián—. Os gusta el calorcito.
Había un solo rayo, y era pequeño. Pero el sol también entraba por la puerta, y allí no había ningún nido. Adrián cogió la cesta vacía, la llenó de paja y la puso en el suelo, justo donde caía la luz.
La segunda gallina se acercó despacio y se sentó. La tercera se quedó mirando.
—Cloc —dijo con pena.
—Tranquila —dijo Adrián—. El sol se mueve. Ya os tocará a todas.
Poco a poco, el gallinero se quedó callado. Y de pronto se oyó un toc suave en la paja, y luego otro, y otro. Adrián metió la mano. El primer huevo estaba tibio, como un panecillo recién hecho.