Primeras vecesEspañol (Colombia)
La bicicleta de Mariana
Mariana empuja su bicicleta roja hasta el fondo del patio. Hoy no quiere las rueditas. Están guardadas en una caja, y ella quiere pedalear sola, como su hermano grande.
—Tú puedes —dice papá desde la puerta, con la taza de las onces en la mano—. Yo te miro desde aquí.
Mariana se sube. Pone un pie en un pedal, luego el otro. La bicicleta se tambalea como una gelatina. Se va para la izquierda, se va para la derecha, y plof, Mariana cae sentada en el pasto.
—Otra vez —dice.
Lo intenta de nuevo. Mira sus tenis, mira la rueda, mira el manubrio. Y plof, otra vez al pasto.
Cerca de ahí pasa una gallina café, muy seria, con tres pollitos detrás. No mira a Mariana. Tiene su propio asunto: quiere llegar al nido de paja, junto a la cerca del fondo.
—Cloc, cloc —dice la gallina, sin parar de caminar.
Mariana se sacude las rodillas y piensa: «Cuando miro mis pies, la bici se va para todos lados». Entonces prueba algo distinto. No mira los tenis. Mira el nido, allá lejos, donde la gallina ya se acomoda.
Empuja el pedal. Un poquito más, un poquito más. La bici deja de bailar. Va derechita, como un hilo.
—¡Papá, mira! —grita Mariana, y de la emoción aprieta la bocina sin querer—. ¡Pii-pii!
La gallina da un brinco. Los pollitos salen corriendo en fila, piando, y se meten debajo de las alas de su mamá. Mariana se ríe tanto que la bici tiembla un poquito. Pero no se cae. Un poquito más, un poquito más.
Llega a la cerca y baja los dos pies al suelo. Las ruedas se quedan quietas, tic, tic, tic. El pasto se mece. Detrás de ella, papá aplaude con una sola mano, porque en la otra sigue llevando la taza.
Y en el nido, los pollitos asoman las cabezas, uno, dos, tres, y se quedan callados.