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Pan que rueda
Nicolás amasaba la masa cuando todavía era de noche. Afuera no se oía ni un grillo. Adentro, la panadería olía a harina tibia.
—Hoy mis panes tienen que estar listos antes de que suene la campana —dijo Nicolás—. La gente del pueblo viene con hambre.
La campana de la plaza sonaba sola cada vez que el viento cambiaba de lado. Todos en el pueblo lo sabían, y nadie se asombraba. Nicolás la oía y pensaba: «Ya casi es de día».
Sacó la primera bandeja del horno. Había diez panes redondos y dorados. Puso uno en la mesa, y el pan echó a rodar.
—¡Eh, quieto! —dijo Nicolás.
Corrió detrás. El pan rodó hasta la puerta, y Nicolás casi lo agarra, pero el pan siguió rodando. Pasó junto al saco de harina, rodó bajo la silla y se escondió detrás del barril.
Nicolás lo buscó por todas partes. Entonces oyó un ruido pequeño: ñam, ñam, ñam.
—¿Quién está ahí?
Nicolás miró detrás del barril. Era un ratoncito gris, con migas en los bigotes. Había venido a buscar su desayuno. No quería robar el pan. Solo quería las migas.
Pero el pan seguía rodando. Nicolás lo intentó otra vez. Corrió, se agachó y falló. Los panes de la mesa también empezaron a rodar, uno tras otro.
Entonces Nicolás se quedó quieto y miró la mesa. Estaba torcida, y por eso todo rodaba hacia el mismo lado. Puso un trocito de madera bajo la pata coja.
—Ahora sí —dijo.
Los panes dejaron de rodar. Nicolás agarró el que se había escapado, ya tibio y un poco lleno de polvo, y lo puso con los demás. Al ratoncito le dejó una miga grande.
Fuera, el viento cambió de lado. La campana de la plaza sonó: tan, tan, tan. Nicolás abrió la puerta, y entró el primer rayo de sol. En la mesa quieta, los panes seguían tibios y olían a casa.