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Fabulada

Cuerpo y sentidosEspañol de España

La mantita de Alma

En el faro había un cuarto redondo, con ventanas por todas partes y vistas a toda la bahía. Allí vivía Alma, que tenía cuatro años y una mantita suave, suave como un conejo dormido.

Esa tarde, Alma quería dormir la siesta con su mantita. Pero la mantita no estaba.

—¿Dónde estás, mantita? —dijo.

Miró debajo de la cama. Solo encontró una zapatilla y una pelusa. Miró en el cesto de las cuerdas. Solo encontró cuerdas.

—Papá, no encuentro mi mantita.

—Yo tengo que encender la luz del faro antes de que se ponga el sol —dijo su padre, subiendo la escalera—. Pero busca bien, Alma. Tú sabes buscar.

Alma buscó otra vez. Miró en el baúl, en la silla, en el estante. Nada.

Entonces se sentó en el suelo y se quedó muy quieta. Y oyó algo.

Fffff, fffff, fffff.

Era un ronquido pequeñito, y venía de la ventana más grande. Alma se acercó de puntillas. En el alféizar, entre dos macetas, había un bulto con rayas rojas. Y de debajo del bulto salían unas patitas con plumas.

Era una gaviota. Estaba hecha un ovillo, bien tapadita.

—¡Mi mantita! —susurró Alma.

La gaviota abrió un ojo.

—Hacía frío en la bahía —dijo, bostezando—. Y esta manta es suavísima. Ya tengo sueño.

Alma pensó un poco. Era su mantita, pero la gaviota tenía frío de verdad.

—Podemos compartirla —dijo—. Tú, la mitad. Yo, la otra mitad.

Tiraron cada una de un lado, y la mantita se estiró como un chicle. Alma se acostó junto a la ventana. La gaviota se acomodó a su lado, con el pico bajo un ala.

Arriba, la gran luz del faro empezó a girar, despacito. Fffff, fffff, roncó la gaviota. Y Alma, con la mitad de su mantita suave en la mejilla, cerró los ojos.