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Fabulada

Imaginación y fantasíaEspañol (Colombia)

El dragón del tejado

Camilo encontró una escama verde, grande como un plato, en medio del patio. Brillaba al sol y estaba tibia.

—¡Qué raro! —dijo—. Hoy no hay dragones en el pronóstico.

Camilo quería saber el secreto del dragón que vivía en el tejado de su casa. Todos decían que tenía uno. Nadie sabía cuál era.

Subió por la escalera con la escama en la mano. Arriba, enroscado entre las tejas, dormía el dragón. Roncaba: pfffff, pfffff.

—Dragón —susurró Camilo—, ¿cuál es tu secreto?

El dragón abrió un ojo.

—Un secreto no se cuenta —dijo—. Se espera. Todavía no es hora.

—¿Y cuándo es la hora?

—Cuando el sol se ponga naranja.

Camilo esperó. Contó las nubes. Contó las tejas. Contó sus propios dedos, dos veces. El sol seguía amarillo.

—Todavía no es hora —repitió el dragón, y bostezó. Le salió una nubecita de humo.

Camilo se cansó de esperar. Entonces tuvo una idea. Sacó de su bolsillo el esfero y, con cuidado, dibujó un sol naranja en la escama.

—Mira, dragón. Ya es hora.

El dragón miró la escama. Se rio tanto que las tejas bailaron: tac, tac, tac.

—¡Qué listo! Pero no me engañas. El sol de verdad todavía no se pone.

Camilo suspiró y se sentó a su lado. Los dos se quedaron quietos. Una brisa pasó. Un gorrión se paró en la cola del dragón.

Poco a poco, el cielo se volvió naranja, como una mandarina.

—Ahora sí —dijo el dragón, muy bajito—. Mi secreto es que… me da cosquillas el atardecer.

Y justo entonces la luz le tocó la panza. El dragón soltó una risita, y otra, y otra. Camilo también se rio, y el tejado entero tembló con ellos, tac, tac, tac, mientras el sol se hundía despacio detrás de las chimeneas.